martes, 20 de diciembre de 2016

Poema de Ariel Romero (Panamá)

Mi hermano y yo, en medio
de una explosión en diciembre de 1989.
IX.
Las marcas en los árboles,
las nubes que navegan en las casas,
la lluvia que retumba con su cuerpo de serpiente.
El tiempo ha huido 
y los relojes todavía marcan el momento de la partida.
Nosotros debajo de una mesa,
adivinando los dominios del odio;
la tierra tiembla
y cae como una bandada de aves muertas.

Escondemos nuestros corazones debajo de la piedra
que los insectos llevarán hacia el nacimiento de lo inabarcable.
Se escuchan llantos,
 las hojas de los arboles caen;
 el miedo se filtra como un gránulo genocida.
 Y las tormentas volverán con sus pasos ciegos
 pero no borrarán el estruendo de las armas de nuestras mentes.

Esa calle angosta,
esa calle larga,
las piedras son seres que atrapan a la lluvia;
y el mundo perfecto se esconde en las esquinas,
no hay ruidos, no hay pasos que vayan hacia atrás.
El cielo respira entre nubes perdidas. 
Estamos debajo de la mesa,
salvaguardando lo que queda del amor;
pero todavía la explosión,
la tierra temblando,
y no pudimos retomar el génesis de lo perdido.

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